Connect with us

Local

EL AMOR Y LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

EL AMOR Y LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

Published

on

Son tiempos del coronavirus, en los que repentinamente surgen por doquier personas expertas en epidemiología. Basta leer la cantidad de información que se genera en todos los medios posibles para percatarnos de lo difícil que es valorar la información sustentada en saberes científicos y la que no lo es tanto, porque la ciencia carece de la velocidad necesaria para responder a las interrogantes de esta nueva pandemia. En tiempos de un mundo interconectado, las imágenes y sonidos desalentadores se suceden sin parar, en automático, mientras acontecen en cualquier parte del planeta.

 

Nos dijeron que el virus era un brote epidémico; esto es, que apareció en un lugar específico y en un momento determinado, tan al otro lado del mundo que para la mayoría pasó desapercibido. Sin embargo, se descontroló, se propagó activamente y rompió las fronteras impuestas para separarnos como países y continentes. Entonces nos hablaron de pandemia, con contagios no solo importados sino también de transmisión comunitaria.

 

Son entonces los tiempos en los que las personas humanas, de carácter gregario por antonomasia, nos dicen, deben establecer distancia, separación, alejamiento de sus iguales, porque sus semejantes se han convertido en riesgo potencial para su salud y su vida misma.

 

Las autoridades educativas nos dicen: sus hijos, sus hijas, estarán un mes en casa. Entonces, surgen varias preguntas: ¿Quién los cuidará si yo tengo que seguir trabajando? ¿Cómo organizarme con un padre difícil de ubicar o no localizable, no de ahora, sino de siempre? ¿Dónde están mis redes de apoyo, a quién recurro y cómo me organizo? O, en el mejor de los casos, ¿qué estrategia seguimos si toda la familia, incluyendo madre, padre y a veces hasta la abuela, tenemos que permanecer en nuestro hogar, que no precisamente es, ni ha sido, el lugar idílico que la mitología social ha construido?

 

Y así, sin más, estamos varios seres humanos, diversos en edades, intereses o deseos, unidos por lazos de sangre, parentesco, afinidad o simple gusto, conviviendo no solo las pocas horas que solíamos hacerlo durante nuestra jornada habitual, sino las veinticuatro horas del día, durante toda la semana y sin saber exactamente cuánto tiempo más. Todo en función del destino que siga un microorganismo, de cuya existencia nada sabíamos, pero que se ha instalado en nuestra vida cotidiana y controla nuestro quehacer y desplazamientos.

 

¿Qué futuro depara en adelante a ese núcleo familiar, cualquiera que sea su estructura, cuando sus integrantes se ven forzados a estar cerca, pero separados, a través de una “sana distancia”? Las recomendaciones abundan, sugerencias de actividades, de reencuentro con nuestros seres queridos, pero, sobre todo, con nosotras/nosotros mismos. Nada más difícil que hacer esto último. Como personas adultas hemos vivido dando nuestro tiempo a todas y a todos. Sin embargo, no es una tarea imposible. Nuestras vidas han sido puestas a prueba y con ello la calidad humana. No tenemos opción. Toca entonces buscar, no afuera como presurosamente lo hacíamos antes de los tiempos del coronavirus, sino adentro, con las personas que decimos amar y dicen amarnos, con quienes quisiéramos a veces no se hubieran aparecido en nuestra existencia, pero que ahí están, porque ahora, en el encierro, nos iremos dando cuenta que esa es nuestra fortaleza.

 

Los focos amarillos también se prenden, porque está confirmado que el hogar es un lugar de riesgo para la integridad de las mujeres, las niñas y los niños. Las autoridades nos alertan y ponen a disposición los medios que tenemos desde hace tiempo para denunciar y pedir ayuda cuando se necesite. Pero más allá del 911 y de la aplicación “mujeres seguras”, se refuerza la idea de vivir en aislamiento, pero en comunicación constante con nuestras redes de apoyo, a través de los medios que se tengan disponibles.

 

La cuarentena es, además, una medida clasista porque hay muchas madres y padres que deben salir. Niños y niñas se quedarán sin quien les cuide. De otra manera, esas familias no tendrán alimento. Obvio, no es lo mismo el encierro en una casa amplia, al vivido en un espacio pequeño, sin posibilidad inclusive de establecer la “sana distancia”. Cualquiera que sea el caso, es momento de restablecer vínculos dejados en el olvido por diferencias o supuestas molestias, porque quizá puedan brindar el apoyo que en este momento requerimos. La clave de nuevo vuelve a ser el amor –cualquiera que sea la idea que se tenga de este– hacia sí misma/o, por nuestros semejantes, por el otro o la otra, para vivir los tiempos del coronavirus, sin ejercer ni recibir violencia.

 

Al final de este forzado encierro, seguramente sabremos salir con más fortaleza y muchos aprendizajes. Lo importante es percibir el riesgo de violentar, ser violentadas/os o de autodañarnos y oportunamente buscar la ayuda que se requiera. Promovamos que la historia del coronavirus sea de una enfermedad por la que lamentablemente mucha gente murió, pero que dio paso a transformaciones en las relaciones humanas, como nos hubiera gustado que fueran siempre.

 

Colaboración de Rosario Román Pérez, investigadora de la Coordinación de Desarrollo Regional del CIAD.

R Noticias. Todos los derechos reservados © 2025