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Real Madrid 3-Atletico de Madrid 0: El partido interminable

Real Madrid 3-Atletico de Madrid 0: El partido interminable

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El Real Madrid acaba de ganar la primera semifinal de la Liga de Campeones 3 a 0 a su rival vecino, el Atlético de Madrid. Su número 7, Cristiano Ronaldo, hizo de nuevo los tres goles. El partido fue malo. Se podría decir que con esto se ha dicho casi todo. También se podría no decirlo. Sobre todo, porque este es un partido demasiado largo.

Este partido no empezó esta noche, no terminó esta noche. Este partido viene de hace mucho: ya ha sucedido y sigue sucediendo, como los vientos, como las pesadillas. Se viene jugando hace más de un siglo, en tantas formas, con tantos hombres, con tantas camisetas, con guerras y dictaduras y euforias y repúblicas.

Pero este, este mismo, en los últimos tramos de la Liga de Campeones, con más o menos los mismos jugadores, lo jugaron por primera vez en el 2014, y el Real Madrid se lo empató al Atlético de Madrid en el minuto 93 y después le ganó. Y fue campeón de Europa. Lo volvieron a jugar en 2015 y el Real Madrid se lo ganó al Atlético de Madrid con un gol en dos partidos. Y fue semifinalista de Europa. Lo volvieron a jugar en 2016, y el Real Madrid se lo ganó al Atlético de Madrid en los penales. Y fue campeón de Europa.

Nunca, en toda la historia de la Liga de Campeones, una ciudad la había capturado de este modo. Este partido nunca cesa y es, para el pobre Atlético, la verdadera pesadilla. Esta noche, por supuesto, lo perdió otra vez. Se lo ganó un equipo rico, caro, y el jugador más caro y más rico: se lo ganó el Madrid y su vedette Ronaldo.

Somos muchos y de algo tenemos que vivir: hablamos, escribimos, inventamos cuentos y más cuentos y alguno, incluso, resulta cierto o por lo menos agradable. Pero hay una tontería que tendemos a olvidar: cuando en un equipo hay jugadores mucho mejores que en el otro —porque se ha gastado, por ejemplo, el doble de dinero—, ese equipo casi siempre gana.

El Madrid tiene un presupuesto anual de 690 millones de dólares; el Aleti, de 290. El presupuesto del Aleti es enorme: mucho más que el de todos los equipos argentinos juntos, por ejemplo; el presupuesto del Madrid es tremebundo. Y después, en la cancha, se le nota.

Son dos equipos opuestos y complementarios: el Madrid se define porque sabe ganar como sea; el Aleti se define porque sabe perder con cierta altura. Son dos maneras de entender el fútbol. El Madrid se compra los mejores jugadores: ha formado un grupo de solistas. El Aleti no puede comprar tanto: intenta, desde hace unos años, que el colectivo remplace a las figuras. Simeone es un ilusionista confirmado: produce, por momentos, el espejismo de que su equipo la mitad de caro puede jugar igual de bien, ganar igual de veces. Pero, en general, la ilusión se disuelve cuando llega el momento decisivo. O sea: contra el Real Madrid.

Hoy los dos clubes presentaron sus equipos casi titulares: al Aleti se le habían lesionado todos los marcadores de punta derecha, así que el Madrid empezó atacando por allí con Marcelo, uno de sus mejores. Dominó, al principio, sin problemas; lo manejaban Isco y Modric, elegantes, solventes. A fuerza de empujar, a los 9 minutos ya ganaba 1 a 0: una pelota suelta que Cristiano cabeceó a tres metros del arco. Después atacaron unos minutos más, Oblak paró varias pelotas, Benzema erró unas cuantas; después se desinteresaron.

El Madrid es así: descansa ratos largos. Parece como si se apoltronara en sus certezas, en la convicción de que hará lo necesario cuando sea necesario. El Madrid es un equipo que juega a reglamento: un grupito de artistas que trabajan (cuando no hay más remedio). Cuando tiene que hacer un gol, un par de goles, puede volverse un aluvión de fuerza y maña; cuando cree que ya no debe, se desarma, se derrama en el campo. Lo triste era que el Aleti no tenía cómo aprovechar las facilidades, los espacios que el Madrid le entregaba. Mientras, el Bernabéu se impacientaba.

(Hay una cancha en el extremo sur del mundo que llaman Bombonera porque sus paredes verticales crean un espacio tan cerrado como una caja de chocholates finos; el Bernabéu, al que nadie nunca se le ocurrió llamar la Bombonera, es igual, solo que —algún dios o diosa me perdonen— el doble de tamaño. Cien mil personas gritan, gritan, llenan el aire de un sonido donde se escuchan —me perdone otro dios— cadencias argentinas. Y sobre todo chiflan al contrario: cuando el Bernabéu chifla duelen los oídos).

El partido era así: el Madrid no quería, el Aleti no podía y, de tanto en tanto, en algún balón suelto, los blancos se acercaban. Era casi aburrido. Avanzaba el segundo tiempo, y parecía que Simeone estaba consiguiendo su partido: chato, barato, un módico 1 a 0. Todo hubiera cambiado si el Aleti hubiera hecho un solo gol, tan valioso en la vuelta. Pero parecía que podían jugar dos o tres días y no lo lograrían. Y queda feo decirlo, pero era así porque sus jugadores no tienen la clase suficiente. Queda feo pero parece cierto: cuando se acercaban al arco local, cuando llegaba el momento de la definición, fallaban: una y otra vez fallaban.

Fue entonces cuando Cristiano cazó otra pelota suelta en la puerta del área visitante y, sin juego, sin elaboración, la remachó hasta el fondo. Era el 2 a 0. Y poco después, en una parecida, el 3 a 0. Es difícil decir que alguien que mete tres goles en una semifinal de la Liga de Campeones no es un gran jugador. Yo creo que lo fue; que ahora juega en un equipo que le consigue muchas chances y que las aprovecha. Se ha vuelto un oportunista del gol, un Martín Palermo muy bueno, que no puede armar juego pero define como pocos. Y el Madrid lo sigue usando, le sigue agradeciendo.

Gracias a esa pesca milagrosa, sería raro que no estuviera en la final de Cardiff. Pero —como siempre— no tiene equipo y —como nunca— no tiene estrellas suficientes. El próximo verano va a salir a comprar con cheques de docenas de millones: le hace falta un grande indiscutible. Cristiano Ronaldo, queda dicho, ya no es; Benzema es un fino estilista que juega de 9 y se puede pasar dos meses sin hacer un gol mientras los suyos los hacen por docenas; Bale solo le sirve al equipo cuando se rompe y permite que lo remplace Isco. Al Real Madrid, ahora, le falta esa figura omnipotente que lo represente y que lo exalte y, sobre todo, que venda camisetas por millones. Y su dueño, el archimillonario Florentino Pérez, sabe que nada importa más. Más, incluso, que seguir ganando, una y otra vez, este partido interminable.

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