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Accion en espera
Accion en espera
Por Sylvia Manríquez
Mañana de fiesta, juegos, regalos y comida. En un hogar temporal hay un festival. En el sonido local se alterna la música con cápsulas informativas.
– ¿Oíste? La locutora está hablando de nosotros, los niños de la calle.
– ¡No! ¡No somos niños de la calle!
– Sí, la locutora dijo “niños de la calle”
– Pues yo no soy niño de la calle, ¡Tú sí, pero yo no! ¿Verdad que no somos?
Volteó su mirada hacia mí como esperando mi apoyo en su preocupación.
Cifras
Los niños de un albergue no son niños de la calle. Pero sin los programas sociales de atención a estos infantes en situación difícil, que les den seguimiento una vez que son entregados de nuevo a sus familias, muchos intentarán refugiarse en la calle.
Según las cifras más recientes que encontré del INEGI, en el periodo que va de 1995 a 2008 el número de denuncias recibidas por maltrato infantil pasó de 15 mil 391 a 43 mil 986. Lo que nos habla del fallo de programas y políticas que buscan el bienestar y seguridad de los menores.
Niños y niñas que trabajan
Aníbal y Omar juegan en la calle de tierra donde está su casa, tienen edad para ir a la escuela pero no van, a pesar de que en México todos los niños y niñas de 5 a 14 años deben asistir a algún nivel de educación básica, una historia se repite en todo el país. Por ejemplo, en Sinaloa, Coahuila y la Ciudad de México, de cada 100 niños de 5 a 14 años dos no asisten a la escuela; mientras que en Chiapas de cada 100 niños, 10 no van a la escuela.
En México, la mayoría de los infantes ingresan a la primaria cuando cumplen 6 años de edad, y a los 8 se considera que ya adquirieron habilidades de lectura y escritura. Sin embargo, según el INEGI, 3 de cada 100 niños no pueden escribir ni leer a la edad apropiada para hacerlo. En las localidades rurales, (menos de 2 mil 500 habitantes), de las que tenemos muchas en Sonora, la situación empeora pues la proporción aumenta a prácticamente 4 de cada 100 que no saben leer y escribir.
Sofía es otra niña sonorense, tiene 10 años y asistió a la escuela hasta los 9, aprendió a leer, escribir y sacar cuentas. Hace un año el padre se fue y no ha vuelto. Ella ha tenido que trabajar para ayudar a su madre. Ya no va a la escuela, aunque quisiera ir pues, dice, quiere ser abogada y defender a su familia de la gente abusadora. En cambio, realiza dos jornadas distintas de trabajo. Una, por las mañanas cuidando a sus hermanitos de 8 y 6 años que tampoco van a la escuela. Además; limpia la casa y realiza otras labores domésticas. Su segunda jornada es de empacadora en un supermercado.
Sofía es una de los casi 30 millones de niños de 5 a 17 años que trabajan en este país.
Niños y niñas indígenas
La situación de los niños y niñas indígenas es peor, pues la marginación los mantiene en situaciones por demás precarias, con menos oportunidades o ninguna de asistir a la escuela, y de tener los servicios básicos en su comunidad, como agua potable y alumbrado público. Según datos del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, (Conapred), son las víctimas más frecuentes de discriminación.
Las niñas y los niños mexicanos son las principales víctimas de la violencia en todas sus manifestaciones. Según el reporte de la institución, Discriminación en la infancia, más de la tercera parte de los infantes entre 6 y 9 años, sufren violencia tanto de parte de su familia, como en la escuela. Forman parte de una generación violenta, que ve a través de los medios de comunicación la violencia como parte normal de su vida, y no como el serio fenómeno que amenaza su existencia.
Niños y niñas que esperan
“La infancia es la acción en espera” dijo el filósofo suizo Jean Jacques Rosseau. Y en México, en Sonora, la infancia espera. Esperan estos niños y niñas en hogares temporales y esperan quienes están en condición de calle, las y los que no tienen oportunidad de ir a la escuela y que no han podido vivir una existencia sin violencia. Esperan las condiciones políticas, económicas y sociales que les ofrezcan hogares aptos para mantenerse en ellos.
Eso significa madres y padres con trabajo, y no cansados de la rutina por sostener el hogar, padres y madres que puedan brindarles las herramientas necesarias para llevar una vida sana, sin violencia. Significa escuelas suficientes e integradoras, calles seguras e instituciones aptas para escucharlos, atender sus reclamos y defender sus derechos.
