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El testamento de Natasha Gelman: Un blindaje legal que no salvó el tesoro artístico de México

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La tarde del 19 de agosto de 1993, en la Ciudad de México, se fraguó un documento que hoy se lee como un manifiesto cuyas estipulaciones han sido violentadas.  En el número 14 de la calle Idaho, frente a la fe pública del Notario 103, el licenciado Armando Gálvez Pérez Aragón (+) atendió a una mujer de 82 años, probablemente disminuida físicamente y con problemas de salud mental, como se ha delatado en acusaciones posteriores ante tribunales en Estados Unidos y México, quien dictó su última voluntad.

Se trataba de Natalie Zahalka Krawak, conocida universalmente como Natasha Gelman, la dueña de una colección que integró las obras más importantes de Frida Kahlo y Diego Rivera desde los años 40. Nacida en Prosnitz, Checoslovaquia, y naturalizada mexicana, ella fue la compañera de vida de Jacques Gelman, el visionario productor cinematográfico ruso cuya fortuna, forjada en gran medida tras la figura de “Cantinflas”, se transformó en uno de los acervos artísticos más deslumbrantes de la época posrevolucionaria en México.

La versión oficial de 1993 dice que, al dictar su testamento, la señora Gelman no solo disponía de bienes raíces; estaba asegurando que el diálogo íntimo entre Kahlo y Rivera no fuera silenciado por el martillo de las casas de subastas, años después de su muerte. Una parte del núcleo de este instrumento legal se encuentra en las cláusulas segunda y tercera, donde se define el destino de la Colección de Pintura Mexicana denominada “Jacques y Natasha Gelman“.

Este conjunto no es una simple suma de cuadros, sino una cartografía del alma mexicana motorizada por la creatividad de grandes maestras y maestros. Según el testamento oficial, revisado para este artículo, la testadora fue inflexible: la colección es una unidad orgánica. El mandato original prohibía que las 95 obras que la integran sean dispersadas, protegiendo así la coherencia de un acervo que incluye a los pilares de la plástica nacional moderna.

En el inventario que acompañaba al documento, desfilan nombres que son, en sí mismos, instituciones, y en algunos casos autores de obras protegidas por el Estado Mexicano:

● Frida Kahlo
● Diego Rivera
● David Alfaro Siqueiros
● Rufino Tamayo
● María Izquierdo
● Gunther Gerzso
● Carlos Mérida
● Francisco Toledo
● Agustín Lazo
● Lucero Isaac
● Miguel Covarrubias

Aunque este testamento es el que se ha considerado legítimo, su veracidad dista mucho de ser segura. La forma en que se redactó el testamento, cuántas modificaciones sufrió con anterioridad, si se registraron copias, la integridad de los testigos y el estado mental de Gelman entre ambos procesos son aspectos confusos.

La relación de los Gelman con el abogado estadounidense Sidney E. Cohn y el curador de arte William S. Lieberman se remonta a la década de 1960 (o incluso antes), y existen numerosos testamentos de esa época sin fecha ni registro. (Vean Cronología.).

Tras la muerte de Jacques, se estipuló que ciertas disposiciones se mantendrían: las colecciones de arte se conservarían intactas; los sirvientes serían remunerados; y el perro quedaría en un buen hogar. ¿Y qué hay del testamento estadounidense? Existe certeza de su existencia, pero el público nunca ha tenido acceso a él.

En los litigios estadounidenses, los demandantes han aludido a testamentos de 1987 y anteriores. En el testamento de 1993 se garantizaba que esta constelación artística permaneciera intacta se establece en el testamento que Natasha impuso una restricción absoluta mediante la siguiente cláusula:

“TERCERA.- La colección de Arte denominada ‘JACQUES Y NATASHA GELMAN‘, deberá conservarse en su conjunto, es decir, las noventa y cinco obras de los artistas mexicanos antes mencionados no podrán dividirse”.

 

En la cláusula quinta el testamento reconoce una verdad jurídica: las obras de Kahlo, Orozco, Rivera, Siqueiros et al. ya no pertenecen al dominio de la propiedad privada, pues integran el patrimonio artístico de México, al ser declarados monumento nacional histórico en un decreto emitido en 1984 por el presidente Miguel de la Madrid Hurtado. Esta disposición blindó a la colección contra la exportación ilícita y de largo plazo.

Bajo este mandato cualquier salida del país requiere la venia del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Pero la voluntad de la señora Gelman fue más allá de la custodia estatal; exigió que el acervo fuera expuesto en un museo o centro cultural privado en México, con la condición innegociable de que el público general tuviera acceso a él.

Entre la magnificencia de los Rivera y los Siqueiros, el testamento revela deseos motivados por el refugio que México representó para su matrimonio tras ingresar al país en 1930 en busca de asilo, huyendo del fascismo en Europa del Este.

Antes de abordar el destino de su colección, Natasha dispuso en la cláusula primera un legado personal de diez mil dólares para su hermano, Mario Sebastián, una cantidad que parece marginal sin un rol legal en el manejo de la colección.

Sin embargo, es en las cláusulas séptima y octava donde la lealtad se vuelve patrimonio. La testadora ordenó la venta de sus joyas inmobiliarias: la residencia en la calle de Tuxtla Gutiérrez número 25, en la Colonia Chipitlán de Cuernavaca, y un departamento en Avenida de las Palmas número 885, en las Lomas de Chapultepec.

El destino de estos fondos era en sí mismo una lección de ética, gratitud y pragmatismo:

● Mantenimiento del arte: El producto de la venta en Cuernavaca y el 50% de la venta en Palmas se destinaron íntegramente a la conservación y mantenimiento de la Colección Gelman.

● Gratitud a los empleados: El 50% restante del departamento de Lomas de Chapultepec fue legado, en partes iguales, a Cleofas Leonardo Gutiérrez y Francisca Sánchez Ávila.

Hasta aquí parecía no advertirse una tormenta de disputas legales.

 

Entra Robert Littman

La ejecución de esta compleja arquitectura de voluntades fue encomendada al curador estadounidense Robert Littman, designado como heredero condicional, albacea y ejecutor, quien estableció contacto con el señor Jacquez Gelman en la década de los años 80.

 

Littman, anteriormente ligado a Televisa por el Centro Cultural Arte Contemporáneo, recibió la responsabilidad de ser el árbitro final del destino de un tesoro: él tendría la facultad de elegir el recinto museístico que albergaría la colección.

El documento también estableció a Janet C. Neschis y Marilyn Diamond como sucesoras en el cargo. Esta estructura aseguraba que la voluntad de Natasha no dependiera de una sola existencia, garantizando que el “veto a Littman”, o su elección final, beneficiara siempre a la difusión del arte mexicano.

El testamento de 1993 impediría que las piezas que definen una parte vital del arte moderno y la identidad estética mexicana de los últimos 75 años terminaran en bóvedas acorazadas de coleccionistas anónimos en Texas, California o Monterrey.

En la etapa inicial de la sucesión del testamento de la señora Gelman (1993–1998), personajes como Lieberman y, posteriormente su primo Jerry Jung desempeñaron un rol secundario pero decisivo.

Lieberman aparece en los años noventa como parte del círculo legal que facilitó la validación del testamento en Estados Unidos, previamente era reconocido como uno de los principales curadores de arte en el Museo MET de Nueva York.

En México entabló amistad con el poderoso dueño de Televisa: Emilio Azcárraga Milmo y con su esposa Encarnación Presa Matute. Jung se vincula en la década de los 2000 por el litigio en el caso Weizmann Institute of Science v. Neschis, Littman y Diamond (2002), donde reclama la propiedad de la colección acusando, sin éxito, a esta triada de defraudar a Natasha, después de que ella “se hubiera vuelto mentalmente incapaz en los últimos años de su vida”, con el fin de “obtener el control sobre los importantes bienes de la señora Gelman y desviarlos para uso y beneficio personal de los demandados”.

El legado de los Gelman es hoy un patrimonio bajo intenso escrutinio público y desconfianza de la ciudadanía hacia las instituciones involucradas en su salvaguarda: La Secretaría de Cultura y el INBA, debido a la opacidad y las barreras comunicativas entre las partes involucradas.

Esto debido a la compra por parte de la Familia Zambrano a Littman en 2023, a través de la Fundación Vergel, creada por el albacea en el año 1999 en la ciudad de Nueva York, como una organización sin fines de lucro enfocada en resguardar la colección y promover las artes.

Littman como legatario absoluto de las obras de arte ante la ley mexicana vendió a los Zambrano, pero sólo fue posible saber esto hasta que apareció un tercer actor involucrado: Banco Santander, el cual anunció el pasado 21 de enero que sería el administrador de la colección mediante un convenio de colaboración con los nuevos dueños encabezados por Marcelo Zambrano Alanís y el Gobierno, que expira hasta el año 2030.

Pero hay un detalle, las piezas de arte (hasta 160 en total) saldrán del país mediante permisos de exportación temporal, incluyendo 27 obras protegidas, y serán expuestas en el nuevo museo de la fundación de esta corporación bancaria, el Faro Santander, en Cantabria, España.

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